Características diferenciadoras


           Hoy en día todo nos  viene dado: asumimos y aceptamos todo aquello que nos imponen de forma obediente, desde las distancias y divisiones que nos presentan las nuevas formas de relacionarnos a través de interfaces (como internet y las nuevas tecnologías)  hasta ciertos  patrones o modelos vitales por los cuales se rigen nuestras  vidas. Incluso la música que oímos,  esa melodía de carácter comercial, oblicuo, tonal, donde prolifera un tipo de canción estrófica, regular, basada en las tradiciones de amor romántico y emociones decimonónicas,  invade ferozmente los espacios urbanos sin dejar cabida a otras representaciones musicales alternativas. Pero, ¿qué quiere decir exactamente el término “alternativas”?  Esta sería una de las primeras definiciones que aparecen en internet cuando agregamos dicha palabra a un buscador cualquiera:



En el lenguaje corriente, una alternativa es una de al menos dos cosas (objetos abstractos o reales) o acciones que pueden ser elegidas.”



             En cuanto a cultura y arte se refiere, cabría reflexionar si nos vemos obligados a asistir siempre a los mismos espectáculos, exposiciones o conciertos o por el contario, se  nos brinda la posibilidad de elegir entre opciones diversas. De hecho, y desafortunadamente, un gran sector de la población desconoce por completo que puedan existir dichas opciones. Ý es que como ya afirmaba al principio de esta reflexión, hoy en día todo nos viene dado. La realidad se confunde con los modelos impuestos por el sistema, que trata de estandarizar u homogeneizar todo aquello que nos conforma como individuos.



Las instituciones que rigen la oferta cultural a menudo son movidas o influenciadas por intereses muy distintos a las necesidades ciudadanas. Sus políticas culturales se basan tan solo en promover una “cultura de escaparate” la cual en muchos casos, está llena de carencias y sinsentidos.



Esas privaciones están  ligadas frecuentemente, y siempre desde un punto de vista personal, a las interrelaciones. Es en la relacionalidad donde nos constituimos, y es en la relacionalidad donde por ende, debe constituirse nuestra cultura y educación artística. La imagen de la que gozan museos y galerías de arte, es concebida por la audencia como lugares cerrados a todo tipo de expresión que no sea aquella que es representada en sus paredes o pedestales. Los espacios museísticos son lugares pulcros, neutros, silenciados, controlados.  Son lugares de depósito donde no hay cabida para la experimentación, o interacción; solo para la contemplación –de forma conveniente- de obras muertas.                                  
Un solo público, un lenguaje determinado, un horario establecido, una sola predisposición, un comportamiento regido por normas preestablecidas, un autor concreto, una temática precisa,  un tratamiento, tan solo un tiempo de recepción, ningún compromiso.



En el Consejo Internacional de Museos de 1974, estos espacios son descritos como ‘instituciones permanentes, sin finalidad lucrativa, al servicio de la sociedad y su desarrollo, que adquieren, conservan, investigan y exhiben testimonios materiales del hombre y su entorno para la educación del público que lo visita’.             
   ¿Hasta que punto se ciñe esta definición a la realidad? ¿Se implican los museos en la educación cultural del ciudadano? Y si así fuera,  ¿no sería igualmente justo replantearnos nuevos modelos culturales acordes con los nuevos tiempos que vivimos?



Lo híbrido, la creación, el conocimiento, la reflexión, la interdisciplinariedad, la crítica. Todos estos elementos deberían de formar parte de los espacios museísticos en el siglo XXI, y sin embargo, seguimos acomodados en una institución que se ha visto reducida a un espacio tan retrograda como inútil o superfluo.                 
  No se pretende en estas líneas tanto hacer un cuestionamiento de la esfera museística o expresar  rechazo hacia la misma como cuestionarnos realmente sus funciones para realizar una crítica constructiva  tomando postura ante aquellos aspectos de los museos o galerías  que nos parezcan equívocos. Y es que aunque la imagen del museo se afirma como inquebrantable e incuestionable, ya que está basada en una tradición longeva, nuestra sociedad  evoluciona a un ritmo vertiginoso y así dicho modelo no puede quedarse estancado en el prototipo del siglo XIX.



En conclusión, las características diferenciadoras primordiales de esta propuesta se basan en la elaboración de un centro de arte que sobrepase las fronteras de lo arcaico  en las grandes instituciones artísticas tanto en sus arquetipos como en sus relaciones con la sociedad.



Se  trata de materializar la idea de que arte y ocio puedan ir cogidas de la mano mediante la formación de un espacio donde aprender, divertirse, generar pensamiento y relacionarnos  a través de la experiencia artística. Se entiende este, como un proyecto abierto, ágil y susceptible de transformaciones y adecuaciones  a las realidades y necesidades de cada contexto.



Reapropiémonos de la cultura, para después reinventarla.